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La ciudad de los anuncios

Al usar un transporte público diariamente, uno se acostumbra a notar cosas que con frecuencia se pasan desapercibidas y lo hice consciente cuando iba a la universidad.

Los horarios para llegar a clases a las 7:00 am eran muy precisos en cuanto a la hora en que tenía que tomar el autobús para llegar a tiempo y prácticamente todos los días me encontraba a las mismas personas.parada autobus

De hecho, haciendo plática en el trayecto, llegué a hacer tres amistades que me acompañaron prácticamente toda la vida universitaria y mantengo contacto con una de ellas.

Algunos días el camino se aprovechaba para hacer un repaso para un examen o leer un poco, y la mayoría de las ocasiones el reto era ver que había de nuevo en esa ocasión.

La ruta que tomaba me permitía ver un gran tramo de Av. Insurgentes y el juego consistía en ir anticipando lo que seguía.

Después de la glorieta del Metro Insurgentes había una escuela de yoga en un primer piso y a esa hora a través de una gran ventana se veían pies apuntando hacia el techo.

Más adelante se alcanzaban a ver dos o tres trasnochados que apenas iban terminando la juerga en plena discusión acalorada y con su vasito de plástico en la mano.

Era posible enterarse cuando cambiaban un anuncio espectacular o los parabuses con publicidad y colocaban las campañas de Palacio de Hierro o alguna otra con una guapa modelo.

Años después y para no tener que conducir, usé el Metro durante un tiempo y ahí era más difícil encontrarse a alguien conocido.

Lo que sí era posible era encontrarse a los mismos ambulantes, había algunas estaciones donde se encontraban las películas de estreno en DVD y daban una “probada” del material, pues traían su reproductor portátil y hacían la demostración en vivo.

Estaban también los “trabajadores despedidos de no me acuerdo qué empresa” y solicitaban ayuda para continuar su lucha, que tenían un discurso muy bien ensayado y lo que no fallaba era la publicidad en el metro, que era muy entretenida.publicidad en el metro“Herklin, que a los piojos pone fin” o el de “Andrea – Gana dinero vendiendo zapatos”, eran como los comerciales de refrescos en la tele, siempre estaban ahí.

Todo se podía turnar más interesante cuando encontraba un anuncio que había pasado por las creativas manos de algún “grafitero” y sazonaba aún más el anuncio agregando texto, complementando sus imágenes y cambiando el sentido completamente, o simplemente colocando las identificaciones territoriales del grupo al que pertenece.

Los que siempre me llamaron la atención fueron esos grandes espacios que estaban sobre la pared del andén y que pasaban grandes temporadas vacíos, sobre todo porque la publicidad en los vagones nunca faltaba.

Más tarde tuve que recorrer el anillo periférico, en el tramo de Valle Dorado al Metro Toreo, con mucha frecuencia y entonces el ejercicio se puso divertido cuando comenzó la moda de colocar un anuncio espectacular en cada azotea de las casas y edificios que estaban sobre el Periférico.

Casi todos los anuncios eran muy repetitivos, en ese tiempo había mucho de propaganda electoral y en general eran aburridos, excepto los que colocaba Gandhi, que eran muy ingeniosos y siempre me hacían reflexionar sobre algunos hábitos de la gente.

Por donde se le vea, las ciudades son toda una muestra de publicidad. Ya lo sabes, así que la próxima vez disfruta tu viaje observando con más detalle lo que pasa a tu alrededor, te puedes llevar gratas sorpresas.

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