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Un buen momento para emprender

Cuando trabajamos en alguna compañía y nuestra actividad se rige mediante políticas empresariales, imágenes corporativas y manuales de mejores prácticas, invariablemente nos pasa por la mente la idea de poder hacer lo que te gusta. Curiosamente, muchos empleados se sienten agobiados por el trabajo y más que disfrutar ese tiempo, se torturan buscando la hora del almuerzo o la de la salida.

Ellos “hacen como que trabajan” y consecuentemente la empresa “hace como que te paga”. Los aumentos de sueldo no llegan cada mes, como a muchos les gustaría, y es necesario hacer conciencia de lo que representa un trabajo. Cuando finalmente alguien decide dejar su empleo actual por otro que le interesa más, existe una inquietud que se desea satisfacer.

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Si por alguna razón el trabajo termina por decisión de la empresa y nos avisan cuándo es el último día en que laboramos para esa compañía, lejos de caer en el pánico, es un buen momento para pensar cuál será el siguiente paso.

Hay quienes se la pasan quejándose de no tener tiempo para hacer lo que más les gustaría y cuando se encuentran sin trabajo, son presas del pánico y corren a comprar un diario para buscarse otra actividad que los siga manteniendo lejos de eso que no se atreven a hacer.

Emprender alguna actividad que nos agrada es una excelente decisión. Hacer lo que se desea y además recibir un pago por ello, ¿qué más se puede pedir? Se requiere una motivación y una habilidad. Cuando éstas dos se reúnen, está en potencia un nuevo emprendedor.

Las cosas que valen la pena tienen un precio, el cual se paga trabajando duro y teniendo la tenacidad para lograrlo, y en este punto recuerdo la frase de un maestro que alguna vez conocí: “El terco se empeña en estar dale y dale, una persona tenaz es un terco que logra algo”.

Hay muchos aspectos que se deben considerar, nadie nace sabiendo y no sería la primera ni última vez en la historia de la humanidad en que alguien comete algún error cuando emprende una actividad por cuenta propia.

Doña Marcela era una vecina que tenía tres hijos pequeños cuando su esposo falleció. Él trabajó toda su vida en una oficina de gobierno y por lo tanto Doña Marce, como le llamábamos los vecinos, solamente recibía una pensión simbólica, que apenas cubría algunos gastos de la casa, que por fortuna ya era suya.

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Prácticamente no había dinero para zapatos, ropa y gastos de escuela de los niños. Ella tenía un gran sazón y aprovechó esto para meterse a la cocina y ver la manera de sacar adelante a sus hijos.

Tenía una motivación y algo que ella sabía hacer bien y que además disfrutaba.

Su rutina entre semana era siempre la misma. Llevaba a los niños a la escuela, se pasaba al mercado a comprar ingredientes para el menú del día y se ponía a cocinar.

Había que darse prisa, pues los niños salían de la escuela y prácticamente a esa misma hora era cuando ella aprovechaba para vender sus guisos entre algunos vecinos y conocidos.

Su comida era realmente sabrosa y una de las vecinas le ofreció recoger a los hijos de Doña Marcela, pues eran compañeros de sus hijos. Todo se fue resolviendo.

Con el tiempo, a Doña Marce le pidieron que hiciera comida para los quince años de su sobrina y ese fue el inicio de su servicio de taquizas para fiestas. Llevaba sus cazuelas de guisos, tortillas y todo lo que se le ocurría para acompañar.

El entusiasmo de Doña Marce era evidente y con el tiempo se fue acreditando.

Yo me mudé de esa colonia, pero supe que ella continuó con esa actividad por años. Sus tres hijos pudieron estudiar y aun cuando ya no tenía la necesidad de seguir con el negocio, continuó por varios años más.

El ejemplo puede ser muy simple, mas la fórmula es clara: una necesidad, una habilidad y el deseo de hacer. No se requiere más y en ocasiones, la vida nos da el empujoncito que nos falta.

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